Esa noche no dormí.
Volví del evento de Chiclana con la cabeza ardiendo.
Tenía tantas ideas que parecía que me habían enchufado al compresor.

Abrí el portátil, puse música suave y empecé a montar la tienda en mi cabeza:
los colores, las tipografías, las secciones, hasta los detalles del carrito.
Y lo más loco es que, sin saber programar ni una línea, ya lo veía todo claro.
Hasta me imaginé a un cliente comprando en tiempo real conmigo al lado, en un mundo virtual.
Sí, lo sé. Una ida de olla total.

Pero esa noche pasó algo:
por primera vez, La Tienda de Buceo tenía alma.
Ya no era una idea flotando.
Era algo real, que pedía salir al mundo.

Cerré el portátil a las tres de la mañana, miré al techo y pensé:
“Vale… ahora empieza lo difícil.”

Y vaya si lo fue.
Mañana te cuento cómo empezó el caos.
Porque montar una tienda… es como hacer una inmersión a 40 metros sin planificar.

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