Hasta ese momento todo parecía fluir.
El logo, el grupo, la ballena… todo era ilusión y motivación.
Pero claro, luego llega la parte fea: cuando los números se cruzan con la realidad.

Empezaron los días de Excel, las llamadas a proveedores, los precios imposibles.
Algunos presupuestos daban ganas de cerrar el portátil e irse a bucear para olvidarlo.
Descubrí que lo que a nosotros nos costaba comprar…
¡era el mismo precio al que otros ya estaban vendiendo!

Y ahí me di cuenta:
esto no iba a ser tan fácil como parecía en mi cabeza.

Llamé a varios proveedores.
Algunos majísimos, otros… ni tanto.
Uno incluso me dijo:
“Si no compras 15.000 euros de material, ni te atiendo.”
Y yo, tranquilo, le respondí:
“No pasa nada. En tres años me llamarás tú para vender tu marca.”
Y colgamos los dos, cada uno con su orgullo bien inflado.

Ese fue el primer día en que entendí que montar la tienda iba a ser una aventura real,
de esas que te ponen a prueba de verdad.

Pero si algo he aprendido en el buceo…
es que las mejores vistas están después de los descensos más duros.

Nos vemos mañana.
Porque el Día 10 fue cuando encontramos el camino.

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